Maximiliano Zamora Torres

@A_Blue_Maxi

Hugo tiene 35 años, estudió física y matemáticas y por más de 5 años ha impartido clases en la Facultad de Ciencias. Pero también -y desafortunadamente- hoy es uno más de los afectados del atropello administrativo-económico de la “máxima casa de estudios”. Y lo alarmante de su situación gira entorno a dos factores: la docencia, que es su única fuente de ingresos, y su enfermedad crónica, que lo afecta desde el año pasado.

Comenta Hugo que desde su inicio como docente dichos huecos ya existían, pues solamente bastó con una comparación de ingresos junto a un colega del mismo rango para asegurarlo. Dentro de las prestaciones constantemente faltantes están vales de despensa, apoyos para la superación académica, prima vacacional y parte de su aguinaldo. Cabe aclarar que esto se ha identificado principalmente con aquellos profesores y ayudantes cuyo contrato se renueva semestralmente.

La angustia incrementó cuando el semestre pasado (2021-1) recibió el tan temido “pago único” donde se ausentaban las prestaciones que le correspondían, además de un “adeudo de sueldo” adjudicado a un desfase de captura informática en la base de datos provocando alteraciones en las nóminas. No sin antes acentuar que la retribución mencionada le fue entregada al final del semestre.

Los daños colaterales que ha sufrido Hugo a manos de este trago tan amargo le han costado desde su estabilidad emocional hasta la imposibilidad de darse de alta ante el ISSSTE, acudiendo a instancias médicas privadas acumulando deudas para su bolsillo. La incertidumbre de no saber cuándo podrá continuar con sus consultas, a la par del avance constante de su enfermedad, sigue rondando por su cabeza.

Por otro lado, Eduardo, de 27 años, es maestrante en física y ayudante adjunto desde 2016 en más de dos materias de asignatura en la Facultad de Ciencias y también se ha visto perjudicado. Comenta que, al hacer una minuciosa revisión de sus talones de pago, pudo notar que desde su iniciación como ayudante han persistido estas faltas económicas, matizando la tardanza de los dichos. Pues siempre llegaban al final de los semestres donde ejercía su labor como adjunto.

Afortunadamente para Eduardo, dichos ingresos universitarios representan ahorros personales, más no su ingreso primordial. Sin embargo, señala que hay compañeros y compañeras sumamente afectados, su situación está en el límite del abismo.  Por su parte, no se quedó de brazos cruzados y ha tratado de recuperar lo faltante, a pesar de encontrarse con fenómenos de discrecionalidad burocrática que lo han tornado lento y tedioso.

Eduardo se halla extremadamente enojado, al sentir su confianza traicionada. Hacer todo lo que ha hecho por la universidad, como estudiante y prospecto académico por un largo tiempo y recibir esto a cambio, lo han orillado al resentimiento. A pesar de ello, ha sabido canalizar sus emociones para enfocarlas en la difusión de la situación y apoyo a quienes lo necesiten. 

La combinación de una pandemia más la inconsistencia en los pagos para los docentes de la Facultad de Ciencias destapó otros casos tales como el de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, Filosofía y Letras, Química, Economía y Artes y Diseño. Un aparente patrón incompatible resultó ser todo lo contrario. El cuadro administrativo de la Universidad Nacional Autónoma de México y sus burócratas ya son viejos conocidos entre la comunidad académica y estudiantil y su ineficacia habla por sí sola.

Reproduciendo mayoritariamente el esquema gubernamental de la administración pública, los procesos de discrecionalidad en la universidad han costado caro esta vez; parece que explotó la bomba. ¿Pero hacia dónde dirigir esta cantidad de inconformidad, indignación, enojo y decepción? La respuesta podría parecer fácil, aunque es más complejo de lo que parece, habrá que tomar algunos puntos en cuenta.  

En primer lugar, es importante observar cómo la ola de emociones fue un trampolín para visibilizar otros errores alrededor de otros recintos dentro de la universidad. En segundo lugar, estos afectos, deben de tomar un rumbo ascendente. Es decir, cuestionar a los de arriba. De nada serviría dejar la furia en aquellas personas que se encuentran en la primera línea de la burocracia. No se trata de justificarlas sino de comprender y saber direccionar nuestra comprensión ante lo que se nos presenta.

La discrecionalidad (Steven Maynard-Moody y Shannon Portillo, 2018) aplicada por estos individuos burocráticos gira en torno a acciones contingentes, con ello me refiero a que, por un lado, se basan en marcos cognitivos y de categorización. Juicios que emiten y categorizan a las personas con las que tratan de forma inmediata, partiendo de ahí la formulación de su criterio finalizando en su mal o buen servicio. Habrá que tomar en cuenta que están limitados por la normatividad que cohesiona y ejerce coerción al cuadro administrativo compuesto por ellos. Pero a su vez, al ser la última cadena administrativa pueden tender a una mayor reformulación de los procesos burocráticos. Ahí lo complejo.

Así, estos actos de discrecionalidad fungen como una estrategia contingente, que facilita o merma los trámites. No puede ser fácilmente determinada como algo bueno o malo. Aunque sin duda una acción incorrecta puede ameritar una sanción hacia el administrativo también puede que no suceda nada. Por ello, las acciones directas a tomar no deben ser constreñidas a estas primeras trincheras, pues las probabilidades de trascendencia son de un porcentaje menor. Sin mencionar que, hemos sido beneficiados o afectados por dicha discrecionalidad en algún momento de nuestras vidas.

De ahí la importancia de no perder de vista a los de arriba, cuestionar y analizar aquellas figuras y élites de las que penden -en mayor medida- los distintos procesos de la vida pública en la sociedad, en donde indudablemente cruza la educación. No se trata de cuestiones conspirativas, sino de hacer sensible a los sentidos aquellas asimetrías sociopolíticas-culturales de poder, ya que a partir de ellas se estructura lo social, lo que nos rodea. Hablando del cuadro administrativo de la universidad, a los cargos medios y altos. 

Preguntas en torno a la articulación de la universidad en sus distintas dimensiones deben ser indispensables dentro de la comunidad de académicos y estudiantes. Hacer llegar aquellos cuestionamientos a las personas y cuadros indicados para que se hagan claros y asequibles los procesos administrativo-normativos y así poder comprender mejor el funcionamiento de la universidad, dejando a un lado cualquier lenguaje técnico -comprensible solamente para los funcionarios administrativos- que impide un mejor entendimiento de las oportunidades y desventajas. Solamente así se dispondrá de una de las herramientas necesarias para dignificar a sus integrantes, mujeres y hombres, sea cual sea la función que ocupen dentro de la comunidad universitaria.

Ser profesor-profesora en estos tiempos no es tarea fácil, son personas complejas, seres humanos más allá de la responsabilidad que cargan en sus hombros académicamente. Afectos y necesidades los componen donde, traducidos a un pequeño rasgo de su complejidad, se hallan convicciones: el compromiso de contribuir a mejorar las probabilidades de reproducción social de sus alumnos y alumnas, para desarrollar un sentimiento de realización recursivo. Habrá que hacerlo valer como se merece.

Bibliografía

Laura Nader, Los de arriba, en Dell Hymes (ed.) Reinventing Anthropology, Pantheon Books, New York, 1972. Traducción a cargo de Roberto Melville, 2011.

Steven Maynard-Moody, Shannon Portillo, Teoría de la burocracia a nivel de calle, en Mauricio I. Dussauge et. al. (ed.), CIDE, México, 2018.

Foto recuperada de la galería de Excélsior en el enlace: https://www.excelsior.com.mx/comunidad/profes-adjuntos-de-unam-exigen-pagos-ganan-1000-al-mes/1437917#imagen-3