Nadia Rodríguez 

@morraproletaria

La violencia contra las mujeres no es un asunto de agenda que solo tenga cabida el 8M o el 25N, es decir, no tiene una temporada. En México ni la violencia de género ni la vorágine feminicida se detiene. Como reporteras, periodistas, fotógrafas, editoras, diseñadoras y mujeres involucradas en los medios de comunicación he visto cómo ha sido –y es– una batalla diaria el contar y colocar esas historias frente a los ojos de las personas que nos leen. 

Hasta hace muy poco –me cuentan las periodistas de generaciones anteriores– los feminismos comenzaron a entrar en las redacciones como un tema de interés que puede llegar hasta las portadas y tener amplios espacios en páginas interiores y portales digitales. El paradigma ha cambiado porque también lo ha hecho la lectura de la realidad. 

Nací, crecí y vivo en Nezahualcóyotl, Estado de México, uno de los lugares más violentos para ser mujer  y que cuenta con dos alertas de violencia de género. Escuchar las historias de las mujeres de mi familia que han sido violentadas, así como saber que durante las últimas dos décadas desaparecen mujeres en este municipio, es uno de los ejes a partir del cual se ha formado mi ejercicio como reportera. 

En Neza, una de las periferias de la Ciudad de México, el 8M y el 25N comenzaron a significar algo apenas de forma muy reciente. Las protestas feministas tuvieron como antecedente las marchas por las muertas y desaparecidas. Las mujeres que encabezaron estas protestas –como doña Irinea Buendía en Chimalhuacán– no se asumían como feministas, sus movilizaciones no partían de reflexiones teóricas, sino del dolor, de su realidad inmediata. 

Las mujeres que se unieron después –muchas de ellas muy jóvenes– fueron las que comenzaron a llamar a estas protestas como feministas y a nombrar otras violencias que las mujeres de este municipio padecen. Esa vibrante evolución fue lo que sacó a las calles de Neza a más de 500 mujeres el 8M del 2020, la manifestación feminista más concurrida que se ha visto aquí. 

Contar esas otras voces, las otras realidades de las mujeres de las periferias no solo es urgente, es también una apuesta por la descentralización mediática de la cobertura de los feminismos. Si bien las mujeres hemos ganado espacios en las redacciones también debemos ampliar la mirada, la pluma, el lente y todas nuestras herramientas para seguir contando las historias de las mujeres, en todas partes y todos los días. Seguir insistiendo en que la cobertura sea constante es también una forma de luchar desde nuestra trinchera. Aunque en las redacciones como en Palacio Nacional digan “Ya chole”, escribir de las mujeres es insistir en tener voz todos los días y no solo el 8M.